Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 30 de octubre de 2015

Estamos en vísperas de celebrar una de las fiestas más hermosas del calendario litúrgico de la Iglesia: la fiesta de Todos los Santos. Es el recordatorio y la constatación de esa realidad inefable de la comunión de los santos, misterio por el que nos sentimos cercanos, unidos, a todos aquellos que gozan de la presencia de Dios en la Jerusalén celeste. Pero esta fiesta, que hunde sus raíces además en la tradición cristiana de nuestro pueblo, afronta en los últimos años el riesgo de diluirse en una celebración social que contiene evidentes rasgos de paganismo. Me refiero, como sabréis, al Halloween, palabra que originariamente significa "víspera de todos los santos”. De origen celta y ligada al culto de un dios de la muerte, o Samaín, Halloween ha ido añadiendo elementos como las brujas, fantasmas, vampiros, calabazas, momias y monstruos de toda especie, para causar susto y miedo, ahogando la alegría cristiana de la fiesta de Todos los Santos en el pánico a  la muerte, tal vez para que nos olvidemos de vivir.

Los cristianos celebramos la vida. Celebramos al Señor de la Vida, a Jesús resucitado. El es la Luz que en la noche Pascual simboliza, el triunfo definitivo sobre el pecado y sobre la muerte. Nuestro Dios no es un "Dios de muertos, sino un Dios de vivos”. Nuestra fe no es una suerte de "expediente X”, sino la certeza plena de que Jesús es el alfa y omega de nuestras vidas destinadas a la inmortalidad y a la contemplación del rostro del Señor misericordioso.

¡Qué hermoso y aleccionador saber que los santos -de nuestra misma condición, con nuestros mismos problemas o angustias- han encontrado el hogar de la plena felicidad, de la alegría, de esa excelencia que es la santidad! Es ciertamente difícil encontrar puntos de anclaje entre este gozo de la vida y el miedo de la muerte de Halloween. Hay modas y costumbres que chocan frontalmente con la serena tradición de nuestra cultura cristiana, incluso con el recuerdo y la oración por nuestros difuntos, tan propia y específica del mes de noviembre que vamos a iniciar.

Tal vez sean estos días el momento propicio para que en los hogares se hable del don de la vida y del verdadero sentido de la muerte, para que esas costumbres importadas no nos priven de nuestro patrimonio cultural y, sobre todo, religioso.


Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 12:05