Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 18 de septiembre de 2015

La aparición del cuerpo sin vida de la peregrina estadounidense Denise Thien nos ha conmovido en lo más hondo. Es difícil de entender siempre ese misterio del mal que acompaña al hombre y le lleva a cometer, incluso, actos homicidas como en este triste caso. Dirigimos nuestra mirada al Padre y rezamos por la víctima inocente y por la conversión del corazón del responsable de su muerte, dejando a la humana justicia que haga su trabajo. La oración por Denise que se ha llevado a cabo en nuestra catedral, en la Misa del Peregrino, es la demostración evidente de que todo lo que sucede en el Camino no nos es ajeno: esa plegaria es manifestación de la vida de la gracia que alienta a la propia Iglesia, como expresión y manifestación del mismo Cuerpo Vivo de Cristo.

El Camino de Santiago es una gozosa vivencia de fe y de peregrinación. Lo ha sido a lo largo de muchos siglos, configurándose con ello como una ruta de expresión religiosa cristiana y, además, como senda de construcción del espíritu europeo y como seña de identidad de nuestra nación. Pero todos somos conscientes de que, como en cualquier otra realidad que se forja a través de manos humanas, hay peligros que acechan al propio Camino y a su esencia religiosa. En unos casos son fenómenos de violencia sufridos por los peregrinos, como le ocurrió a Denise; en otros, como también hemos podido observar días atrás, intentos de desvirtuar su entraña cristiana con extraños y esotéricos comportamientos de algunas sectas, que eligen el Camino para atraer adeptos, con riesgo además de producir víctimas inocentes.

Como miembros de esta Iglesia local que tiene el enorme privilegio de acoger los restos del Apóstol Santiago tenemos un compromiso y un deber ineludibles de preservar y anunciar la verdad del Camino Jacobeo. Como nos recordó el papa emérito Benedicto XVI en su visita a nuestra ciudad en el Año Santo del 2010, a los peregrinos que caminan guiados por la Vía Láctea, "el cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria”.

He ahí la grandeza de la peregrinación y de la llegada a la Ciudad del Apóstol: encontrarse personalmente con Cristo, rostro vivo del Padre, salvación para quien buscar  el sentido último de su vida y de su historia. Hoy, seguimos encomendado a la misericordia de nuestro Padre Dios a esta hermana peregrina, a Denise. Y hoy, y mañana, y siempre, le seguiremos implorando que nos ayude a conservar y transmitir este maravilloso legado de fe y espiritualidad que es el Camino de Santiago, para llegar al definitivo Pórtico de la Gloria que nos introduzca en la Jerusalén celestial.


Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 11:56