Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 14 de octubre de 2016

A comienzos del mes de octubre la liturgia de la Iglesia nos propone en su calendario una celebración ciertamente entrañable pero que suele pasar desapercibida, bien sea por nuestras múltiples actividades, bien porque entendemos que "hay cosas más importantes”, o bien porque ya  casi no sabemos pedir, agradecer y sufrir, expresio­nes estas tan significativas de la vida humana y del sentir cristiano. Me refiero al día de las Témporas de Acción de Gracias y petición. Es esta una jornada en la que se manifiesta esa especial simbiosis entre nuestro ser como cristianos y nuestra vinculación con la naturaleza.

En ese día, y a lo largo de todo el mes, la Iglesia nos invita a entonar una oración doble: una plegaria de bendición y alabanza a Dios y una súplica en demanda de la intercesión divina. Esta celebración se sitúa a comienzos del otoño porque así se da gracias al Dios providente por las cosechas recogidas y se ofrecen las siembras de estos meses para que el Señor las haga fructificar a su tiempo. "¡Alabado seas, mi Señor, podemos repetir con el santo de Asís”, pues el templo de la naturaleza recoge la alabanza y la petición que surge del corazón y los labios de cuantos se siguen asombrando por el prodigio de esa creación mantenida en el tiempo.

Es fácil rezar con la obra de Dios en la naturaleza: dar gracias por las constelaciones nocturnas otoñales; disfrutar de los frutos de esta época. Y es fácil, también, rezar en lo pequeño y cotidiano de nuestras vidas, siendo conscientes de que Dios no nos pide nada raro o estrafalario: que se complace con que sellemos nuestro cuerpo con la señal de la Cruz; que se alegra de nuestra sonrisa al dar los buenos días en el hogar; que "disfruta”, por así decirlo, cuando bendecimos la mesa; que se siente acompañado cuando al salir de casa le invitamos a ir a nuestro lado. Hagamos una confesión de alabanza, de vida y de fe.

Pequeñas grandes cosas. Rezar para alabar. Rezar para pedir. Con la confianza con que, allá en el tiempo en que éramos niños, dábamos la mano a nuestros padres para que nos enseñaran a crecer. Gracias, Señor, por estar ahí y por guardar cada noche nuestros sueños de amanecida.


Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 11:41