Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 3 de mayo de 2016

Con el retorno cíclico de la primavera, el alargamiento de los días, la prolongación de las horas de luz, entramos en el tiempo que preanuncia el verano, la calidez de las mañanas, los suaves aromas de los atardeceres. Es aleccionador ver en la naturaleza el templo que Dios se ha elegido para manifestar la gloria y el esplendor de su creación. También la primavera es un tiempo para alabar y bendecir al creador de cielo y tierra.

Ya en nuestra infancia oímos en la catequesis y en nuestras familias que mayo es el mes de María. La Iglesia nos lo presenta como tiempo especialmente propicio para honrarla pues con su "sí” libre, total y definitivo, al proyecto del Señor sobre su vida acogió el inmenso misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. La Virgen María "ha sido propuesta siempre por la Iglesia a la imitación de los fieles, porque en sus condiciones concretas de vida, ella se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios; porque acogió la palabra divina y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio, siempre atenta a las necesidades de los demás; porque fue la primera y más perfecta discípula de Cristo: lo cual tiene valor universal y permanente”. La devoción a María forma parte de la entraña de la fe de nuestro pueblo y de nuestras gentes. En muchos de nosotros perdura aquella frase de despedida de san Juan Pablo II al término de su primera visita a nuestra tierra: "Hasta siempre, España; hasta siempre, tierra de María”, que tantas emociones nos dejó en la memoria.

La misericordia envuelve toda la vida de María. La Iglesia siempre se ha acogido con confianza a su protección misericordiosa. "Mujer dócil a la acción del Espíritu Santo, mujer de la escucha y del silencio, mujer de la esperanza", alienta el alma sencilla y generosa para no perdernos en el anonimato. Ella es el esplendor de una primavera sin ocaso que "proclama la grandeza del Señor y se alegra en Dios, su salvador”.

Honrar a la Madre es un signo de amor al Hijo. El amor a María es siempre manifestación cristológica. No es una moda pasajera la devoción mariana, ni vestigio anacrónico. María es la siempre joven, porque en Ella no hubo pecado alguno. Y Ella nos sigue invitando desde la plenitud de su gracia a encontrarnos con su Hijo: "Haced lo que Él os diga”.


Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 11:34