Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 10 de abril de 2016

Comprometidos a hacer un discernimiento sobre la realidad que nos envuelve, por las informaciones que recibimos a través de los medios de comunicación, no nos puede extrañar que sean muchos los que vivan estos días con cierta desazón y preocupación. Las corrupciones de todo tipo, los atentados terroristas que dejan de impactar a la opinión pública cuando se producen en determinadas periferias, la derogación de la LOMCE con consecuencias negativas para los centros educativos y para los alumnos, o la serie interminable de conversaciones y negociaciones que se suceden desde el pasado mes de diciembre a nivel político para conformar gobierno, pueden provocar, y de hecho provocan desánimo y cierta sensación de desesperanza en algunas personas.

Ninguno de nosotros tiene una varita mágica para resolver estos problemas o conflictos. Pero sí podemos contribuir entre todos a modificar y cambiar una realidad que ciertamente es compleja. El tiempo pascual que estamos viviendo nos ofrece día a día un ejemplo de cómo renovar ese mundo que nos rodea y, a veces, nos agobia. ¡Qué bueno sería que releyéramos las páginas del libro de los Hechos de los Apóstoles y comparáramos la calidad de su fe y la calidez de su esperanza en aquella naciente Iglesia, con nuestro apocamiento y falta de entusiasmo, sin tener en cuenta que Dios camina con nosotros!

Es verdad, las cosas pueden ser y estar complicadas. Pero una percepción pesimista sobre ellas sólo añade otra complejidad inútil. Los cristianos, si sabemos ser fieles a nuestra identidad y vivir a fondo la novedad en el Espíritu del Señor hemos de ir cambiando las cosas y haciendo nuevos los tiempos. A cada uno nos toca escribir una página totalmente nuestra en la historia de la salvación. Con frecuencia perdemos el tiempo en ver cómo la escriben los otros o en juzgar cómo y por qué la escribieron mal.

Y no debemos transitar por nuestra existencia con tono sombrío o mustio. Hay que vivir la alegría del Evangelio, dejarse sorprender cada día por el amanecer y por la salida de las primeras estrellas al caer la tarde. Porque Cristo resucitado es nuestra luz y nuestro guía. Y Él nos enseña a atesorar bienes en el Cielo, donde la polilla no roe la riqueza y donde el dolor se transfigura en la serena contemplación de lo eterno. No dejemos que la tristeza empañe nuestro compromiso cristiano.


Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 11:31