Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 11 de marzo de 2016

Se acerca ya la Semana Santa, una época del año en la que desde hace tiempo para muchos la principal "preocupación” es saber qué situación meteorológica se van a encontrar en los lugares a los que acudirán para desconectar de las otras "preocupaciones” habituales. ¿No estaremos, entre todos, fomentando en la Semana Grande de nuestra fe, un cierto escapismo de la realidad, una especie de huida hacia adelante para no encontrarnos con nosotros mismos y con el mismo Dios?

La Semana Santa es un momento privilegiado para mirar hacia el macrocosmos de la sociedad en la que vivimos y hacia el microcosmos que somos cada uno de nosotros. Pero para mirarlos con la mirada de Dios y no desde nuestra óptica particular. Dios Padre en su providencia amorosa tiene un proyecto para este mundo y para cada uno de nosotros y anhela que lo descubramos y nos pongamos manos a la obra para llevarlo a cabo. El tiempo de Semana Santa es una ocasión propicia para confrontar el estilo de vida que llevamos con el que verdaderamente Dios nos pide, porque puede suceder que nuestra biografía la estemos escribiendo lejos de la historia personal que el Señor desea de nosotros.

Contemplar el misterio del Triduo Pascual, la Cena del Señor, su pasión, muerte y resurrección, nos ayudará, sin duda alguna, a dimensionar con precisión las coordenadas de nuestra existencia. Sí, es preciso ponernos delante del Señor y preguntarnos con sinceridad hacia dónde caminamos; es tiempo de volver a Dios de corazón y participar en el sacramento de la Reconciliación para encontrarnos con el perdón de Cristo, el rostro misericordioso del Padre; es tiempo de ofrecer nuestra generosidad hecha obras de misericordia y de ofrecerse uno mismo para acompañar a los que sabemos experimentan nuestras mismas inquietudes.

La Semana Santa puede ser, ciertamente, un momento para descansar, pero no para dar vacaciones a nuestra alma. Para nosotros, los cristianos, es el instante de volver a las frescas mañanas que diría santa Teresa de Ávila, es decir, redescubriendo el amor con el que Dios nos ha amado desde el principio, enviando a su Hijo para salvarnos. Es la ocasión providencial para dejarnos empapar por la lluvia fina de la gracia que presagia la madrugada del día de la resurrección. Esta sí que sería una razonable "preocupación” meteorológica. Pongámonos como el barro en manos del alfarero para ser esos hombres nuevos con el soplo del Espíritu.


Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 11:29