Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 11 de septiembre de 2015

Tras el paréntesis veraniego vuelvo a retomar con gusto este tiempo de reflexión compartida con todos vosotros a través de los micrófonos de COPE. Y quiero aprovechar este primer encuentro para agradeceros muy de corazón vuestro interés por mi recuperación tras la operación quirúrgica a la que fui sometido y, sobre todo, vuestras oraciones por mi restablecimiento. En aquellos días me sentí acompañado por todos los diocesanos y por quienes quisieron expresarme su cercanía más allá de los límites de la Diócesis. Muchas gracias a todos, también, a los profesionales sanitarios y a todo el personal de Enfermería y auxiliares que me mostraron su buen hacer y su calidad humana.

Septiembre es un mes de frontera. Es un tiempo en el que aún guardamos frescos los recuerdos del descanso y del ocio. Y es, también, una época en la que nos planteamos el retorno a la normalidad, con la vuelta a las actividades cotidianas. Esta condición de frontera nos debe interpelar para no dejarnos arrastrar ni por la pereza cómoda de los gratos recuerdos ni por el desánimo ante el camino que tenemos por delante. Es momento de asomarnos a la realidad y de ponernos frente a frente ante esas periferias de las que tanto habla el papa Francisco.
Estamos viendo el drama de miles de personas que huyen de los conflictos bélicos. No podemos quedar indiferentes ante este sufrimiento, ante tanto dolor, ante tanta desesperación. Es preciso concretar el Evangelio en la práctica. Debemos mostrar nuestra disposición a colaborar, en la medida de nuestras posibilidades, a paliar esta situación inhumana. Más cerca de nosotros, vemos cómo las gentes de nuestro campo buscan con insistencia soluciones a viejos y cíclicos problemas que limitan las expectativas de sus explotaciones agrarias por unos precios bajos que nos les permiten, siquiera, cubrir sus gastos de explotación. También es hora de mostrar nuestra comprensión y solidaridad.

Nuestro corazón ha de estar presto a la misericordia con el prójimo, preparando el acontecimiento singular del próximo Año Jubilar que ha convocado el Papa para mostrarnos el rostro amoroso y misericordioso de Dios. Misericordia es atención al que precisa ayuda; es justicia en las relaciones sociales; es acoger al refugiado y al emigrante que buscan futuro para sus familias; es vivir la fe en la dimensión doble de la Cruz de Cristo: la vertical que nos lleva a la unión con Dios y la horizontal que nos conduce a la comunión de bienes con los hermanos.

No olvidemos, queridos diocesanos, que nuestra Iglesia local de Compostela prosigue su camino sinodal, que no es sino caminar juntos para buscar lo que Dios y el Señor Jesús piden de nosotros para renovarnos interiormente y para actualizar todo lo que sea necesario en las estructuras pastorales. Esas han de ser las prioridades de curso y que hemos de subrayar en este septiembre fronterizo y ciertamente alegre y esperanzador: la misericordia y el reforzar nuestra comunión eclesial diocesana. Que María, cuya Natividad acabamos de celebrar con gozo, reconociéndola como testigo excepcional de fe, esperanza y caridad, nos ayude a todos a afrontar estos retos tan hermosos.

 

Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 11:27