Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 6 de marzo de 2016

La pérdida de la dimensión trascendente genera las frustraciones del hombre e impide construir un mundo que sea habitable humanamente y en el que lo esencial de lo humano no quede cercenado, pudiendo el hombre actuar con rectitud moral. Cuando la moral es considerada superflua, la corrupción es algo obvio, afectando no sólo a las personas sino también a las instituciones. Cuando la persona humana se libera de la moral, o la desplaza a lo meramente subjetivo o la manipula como puro utilitarismo, se encamina hacia la esclavitud de la tiranía, subordinando lo espiritual a lo material y la libertad al libertinaje.

La laicidad, afirmación de la autonomía y de la consistencia del mundo profano en relación con la esfera religiosa, en su versión extrema ha derivado en laicismo con la pretensión de marginar del espacio social la dimensión religiosa. Todo intento de reducir la laicidad a un espacio único no es más que una quimera irreal y contradictoria. La comunidad política y la Iglesia son entre si independientes y autónomas en su propio campo aunque están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres a través de una sana cooperación entre ambas (cf GS 76), pudiendo la Iglesia siempre y en todo lugar predicar la fe con verdadera libertad y emitir un juicio moral también sobre las cosas que afectan al orden político cuando lo exigen los derechos fundamentales de las personas o la salvación de las almas.

La historia de nuestra convivencia se desenvuelve entre tensiones que suponen el saber compartir y reconocer el esfuerzo de cada generación más allá de los posibles desencuentros. Esta conciencia nos "invita a purificar la memoria de las incomprensiones del pasado, a cultivar los valores comunes y a definir y respetar las diversidades sin renunciar a los principios cristianos” (GS 65). No pueden ser el recelo, la desconfianza y el miedo que siempre degradan a los que los provocan, la razón de nuestra fuerza.

Ante los riesgos de disolución religiosa, cultural, social y política hemos de superar una conciencia derrotista que esterilizaría nuestras capacidades. Afrontemos los retos de una convivencia, espacio multicultural, "respetando y tutelando el bien común de una sociedad pluricentenaria” donde se vivan los principios morales que garanticen el respeto sagrado a la persona que no pocas veces se siente agredida en diferentes formas. No es posible entender y servir de verdad sin tener en cuenta el bien común tantas veces manipulado por intereses personales.

La autenticidad y la grandeza de la autoridad se miden por la humildad, la capacidad de escucha y la verdadera vocación de servicio, teniendo en cuenta que "todos los hombres y mujeres reciben su dignidad común y esencial de Dios y con ella la capacidad de encaminarse hacia la verdad y la bondad”.


Última modificación: jueves, 11 de mayo de 2017, 11:27