Carta Pastoral ante el Día Internacional de la Mujer

La diversidad, fuente de enriquecimiento

El 8 de marzo figura en el calendario como el Día Internacional de la Mujer. El pensamiento cristiano observa que lo relativo a lo que tantas veces se comenta sobre la emancipación de la mujer, es una cuestión de dignidad humana. La promoción de la dignidad de la mujer en cuanto mujer, una dignidad idéntica a la del hombre, es el objetivo de todos los esfuerzos de la Iglesia. Todavía queda mucho por hacer en distintas partes del mundo y en diversos ámbitos para acabar con esa injusta mentalidad que evalúa al ser humano como una cosa, como un objeto de compraventa, como un instrumento del interés egoísta o del solo placer, tanto más cuanto la mujer misma es precisamente la primera víctima de tal mentalidad. Sólo el abierto reconocimiento de la dignidad de la mujer es como el primer paso a dar para promover su plena participación tanto en la vida eclesial como en la social y pública.

Es buena ocasión para reflexionar sobre qué estamos haciendo individual y colectivamente para que la mujer sea estimada en igualdad real con el hombre. Lamentablemente sigue existiendo una cierta discriminación de la condición femenina en cuanto a la puesta en práctica de los derechos. Y no se trata, en nuestra clave cristiana, de un juego de contraposiciones de sexo o de roles sociales sino de considerar en plena igualdad al hombre y a la mujer creados a imagen y semejanza de Dios: "varón y mujer los creó” (Gen 1,27).

Las dimensiones y los valores fundamentales son comunes al hombre y a la mujer. Pero este supuesto no debe de ninguna manera oscurecer o ignorar la realidad de que son diferentes. No es uno mejor que otro pero tampoco son idénticos. Su complementariedad es un bien precioso para la Iglesia y la sociedad. Es necesario no diluir la vocación femenina. En una sociedad donde todos fuéramos iguales en todo, nadie sería él mismo. Es importante poder hablar de un feminismo cristiano para presentar los principios en los que se fundamenta esta causa. Con sus cualidades específicamente femeninas también la mujer está llamada a construir un mundo nuevo. Da la impresión de que en el momento cultural se está perdiendo la perspectiva de la verdad sobre la persona humana, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas.

El respeto a la dignidad de la mujer es la condición indispensable para superar toda discriminación. Alguna de las misiones católicas en tierras de evangelización asegura en un significativo lema que "educar a una mujer es educar a un pueblo”. Y no les falta razón, porque la tarea de una mujer en ese trabajo necesario de la transmisión de valores y creencias en el seno de la familia o de una sociedad es de un inmenso valor.

La ONG católica "Misiones Salesianas”, en su campaña para esta Jornada Internacional de la Mujer, nos recuerda que nacer mujer significa tener más probabilidades de vivir en la pobreza y que de cada 10 personas pobres en el mundo 7 son mujeres, o que más de 60 millones de niñas no van a la escuela y más de 500 millones de mujeres no saben leer ni escribir. Son cifras ciertamente inquietantes. Año tras año, los informes sociológicos de Cáritas sobre la realidad de la pobreza nos ofrecen un muestrario de la realidad de la condición femenina: mayor paro entre las mujeres que entre los hombres; jóvenes obligadas a dejar en edad temprana sus estudios; dificultades mayores para acceder a puestos de trabajo; imposibilidad de conciliar la vida familiar y laboral; cuando no lamentables situaciones de violencia o de abusos que escandalizan, exigen justicia y necesitan sanación.

San Juan Pablo II escribió que "en las enseñanzas de Jesús, así como en su modo de comportarse, no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer”[1]. Este modo de proceder de Jesús, rompiendo los moldes culturales y sociales de su entorno, ha de ser la estela que la Iglesia tiene que seguir. En su espléndida Carta a las mujeres, el mismo Papa polaco manifestaba que "mi gratitud a las mujeres se convierte pues en una llamada apremiante, a fin de que por parte de todos, y en particular por parte de los Estados y de las instituciones internacionales, se haga lo necesario para devolver a las mujeres el pleno respeto de su dignidad y de su papel. A este propósito expreso mi admiración hacia las mujeres de buena voluntad que se han dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos, y han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este compromiso suyo era considerado un acto de trasgresión, un signo de falta de feminidad, una manifestación de exhibicionismo, y tal vez un pecado”[2].

Unas palabras sin duda proféticas que con todo convencimiento nos motivarán a proseguir en el compromiso por cuidar la dignidad de la mujer, algo esencial e inherente al mensaje cristiano. A la intercesión de María, la Virgen Madre de Misericordia, encomiendo a todas las mujeres de nuestra diócesis para que en ella encuentren el aliento para seguir avanzando en la igualdad de los hijos de Dios.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

[1] JUAN PABLO II, Carta Apostólica "Mulieris dignitatem”, 13.

[2] SAN JUAN PABLO II, Carta a las familias, 1994, 6.

Última modificación: lunes, 20 de febrero de 2017, 17:52