Carta Pastoral en el Día del Seminario

"Mensajeros de la reconciliación”

Queridos diocesanos:

Año tras año percibimos con mayor realismo la necesidad de sacerdotes para dar respuesta a las exigencias pastorales de nuestra Diócesis. Así lo manifestáis cada vez con más frecuencia los feligreses de las distintas parroquias que desearíais contar con una mayor presencia del sacerdote. Todos los que formamos la comunidad diocesana, hemos de sentirnos implicados y comprometidos a la hora de ser puentes para que la llamada del Señor al ministerio sacerdotal llegue a nuestros jóvenes y la acojan con ánimo decidido. La campana de este compromiso toca para todos.

A los jóvenes

Con motivo de la celebración de la fiesta de San José me dirijo a todos los diocesanos en este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia para comentaros que la campaña del Día del Seminario se nos presenta en esta ocasión con el lema: "Enviados a reconciliar”. De manera especial quiero encontrarme con vosotros, queridos jóvenes, para recordaros que la llamada de Cristo es luz en vuestro camino. El Señor os precede siempre y llama a algunos de vosotros por amor, invitándoos a colaborar en su obra de salvación a través del ministerio sacerdotal para realizar la hermosa tarea de reconciliar, tan necesaria en el acontecer de la vida del hombre. Seguir a Cristo no es algo puntual y compromete todo nuestro ser. Es preciso mirar, escuchar y contemplarle. La llamada no es un destino, una fatalidad, una costumbre familiar o cultural sino un signo de predilección: "No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido” (Jn 15,16), dice el Señor. Es como una semilla en el corazón: una misión confiada, una colaboración solicitada. ¡Prestad oídos a esa llamada y responded sin miedo y de manera activa para hacer lo que Dios os pide! Comprender esta llamada y asumir sus consecuencias os hará felices entregando vuestra vida al servicio de los demás a ejemplo de Cristo que vino a servir y no a ser servido. Hoy se os presentan oasis utópicos como el tener, el poder y el placer. Pero os dais cuenta de que cuando se secan, se extiende un desierto de banalidad y desconcierto y surge el vacío. Os pido que entréis dentro de vosotros mismos para despojaros de todo aquello que os impida oír la voz del Señor. Si el hijo pródigo de la parábola del evangelio no hubiese entrado en si mismo, no habría emprendido el camino de vuelta a casa. Bajad a vuestros sótanos tal vez llenos de miedos, dudas, deseos ocultos y perplejidades, sin pretender salvar vuestra imagen ni autojustificaros, y orad con total confianza en el Señor, respondiendo a su amor.

Necesidad de la reconciliación

"Dios nos reconcilió consigo en Cristo” (2Cor 5,17-21). La labor del ministerio apostólico y de los enviados por el Señor es proclamar el mensaje de la reconciliación entre Dios y los hombres. En el día a día es necesario reconciliarnos con los demás y con Dios, interpretando nuestra vida en la clave de la misericordia que más allá de todo sentimentalismo "es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida”, dice el papa Francisco. La belleza de la misericordia se decide en un corazón humano despojado de toda adherencia que impida ver las miserias de los otros. Jesús, el rostro de la misericordia del Padre, comparte nuestra miseria para poder apiadarse de ella. Sus preferidos son los pobres (Lc 4,18; 7,22); los pecadores hallan en él un amigo (Lc 7,34), que no teme frecuentarlos (Lc 5, 27.30; 15, 1; 19,7; se dirige al hijo único de la viuda de Naín (Lc 7, 13-14) o a Jairo, el padre desconsolado cuya hija única se estaba muriendo (Lc 8, 42). Por eso dirá: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36), condición esencial para entrar en el Reino de los cielos (Mt 5,7). Esta es una de las afirmaciones más audaces de Jesús quien antes de hablar de la misericordia, la hizo ver y tocar en la curación del leproso "del cual tuvo compasión, extendió la mano y lo curó” (Mc 1,41). Sus encuentros con los enfermos y con los pecadores están cargados de misericordia. No habla de la misericordia en abstracto y más que definirla la ha contado en las parábolas.

María, Madre de misericordia

"María recapitula en sí y refleja los principales misterios de la fe. En ella resplandece una imagen del hombre nuevo, redimido y reconciliado, y del mundo nuevo y transfigurado que en su inimitable belleza puede fascinarnos y debería arrancarnos de cierta vaguedad y estrechez de miras. María nos dice y nos muestra que el evangelio de la misericordia divina en Jesucristo es lo mejor que se nos puede decir y lo que mejor que podemos escuchar [...]. Así por medio de un rayo de la misericordia, nuestro mundo, a menudo oscuro y frío, puede tornarse algo más cálido, algo más luminoso, algo más digno de ser vivido y amado. La misericordia es reflejo de la gloria de Dios en este mundo y quintaesencia del mensaje de Jesucristo que nos ha sido regalado y que nosotros, por nuestra parte, debemos regalar a otros”[1].

Exhortación final

Oremos por las vocaciones al ministerio sacerdotal y ayudemos económicamente a nuestros Seminarios Mayor y Menor con la generosidad que nos sea posible, colaborando también de este modo a la mejor formación humana, intelectual, espiritual, comunitaria y pastoral de nuestros seminaristas, a quienes ponemos bajo el patrocinio del Apóstol Santiago, de San José y de María, Madre de Misericordia.

Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

[1] W. KASPER, La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, 211.

Última modificación: lunes, 20 de febrero de 2017, 17:52