Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos 2016

Destinados a proclamar las grandezas del Señor (cf. 1Pe 2,9)

Queridos diocesanos:

En el octavario de oración por la unidad de los cristianos que se celebra tradicionalmente entre el 18 y 25 de enero, los cristianos somos convocados de manera especial a orar juntos por la unidad de la Iglesia de Cristo. Este año se nos propone como tema de reflexión un texto de la primera carta del apóstol san Pedro: "Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa” (1Pe 2,9).

El texto bíblico escogido nos indica que tras la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia se construye el templo vivo de Dios en la humanidad, y los bautizados son las piedras vivas de este templo en el que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios. Está construido sobre la piedra viva escogida por Dios, Jesucristo, y por ello participa también de su destino, que es ser la piedra angular colocada por Dios como la piedra de tropiezo para los hombres en relación a la actitud que estos tomen. La Iglesia no puede escapar a este destino de estar puesta también como signo de contradicción para que muchos caigan y se levanten (cf. Lc 2,34).

Por medio del Bautismo que es común a todos los cristianos, hemos sido transformados. Así lo refleja el apóstol san Pedro cuando escribe: "Los que antes erais no pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión” (1Pe 2,10). Para que podamos formar parte de ese pueblo, llegar a contemplar a Dios y vivir con él eternamente, es necesario vivir el amor misericordioso de Dios que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera, como refiere san Agustín: "En el Bautismo morimos al pecado para resucitar con Cristo a una nueva vida de gracia en Dios”. Esta es nuestra nueva identidad cristiana.

La Palabra de Dios nos hace tomar conciencia de las grandezas de Dios que liberó a su pueblo de la esclavitud y resucitó a Jesús de entre los muertos. También nos lleva a reconocer la grandeza de Dios en nuestras propias vidas, como llamados, elegidos y enviados para ser santos y dar testimonio de nuestra fe. Esta actitud exige curar heridas, buscar la verdad y la unidad, compartir nuestra propia experiencia como los de Emaús de que Cristo está en medio de nosotros, y asumir el compromiso activo a favor de la dignidad humana, ocupando un lugar preferencial los pobres, los marginados, los excluidos en nuestra sociedad. Quienes hemos visto la misericordia de Dios con nosotros, hemos de vivirla con los demás, realizando las obras de misericordia.

Necesitamos mirar a Cristo y escucharle en nuestro interior y en nuestras comunidades: "No privemos al mundo del gozoso anuncio de la Resurrección, dijo el papa Francisco. Y no hagamos oídos sordos al fuerte llamamiento a la unidad que resuena precisamente en este lugar, en las palabras de Aquel que, resucitado, nos llama a todos nosotros "mis hermanos” (cf. Mt 28,10; Jn 20,17)”. Se han dado pasos importantes hacia la unidad pero todavía es largo el camino que tenemos que recorrer con el impulso del Espíritu Santo. El Jubileo Extraordinario de la Misericordia que estamos celebrando, nos ayudará a suscitar en nosotros esas actitudes misericordiosas para seguir avanzando en el camino de la unidad, que hacen referencia no sólo a los comportamientos éticos y sociales sino también al mensaje sobre Dios y su misericordia. Este ha de ser un punto de partida para la reflexión teológica sobre el ecumenismo.

Avivemos nuestra conciencia sobre la necesidad de la unidad de la Iglesia de Cristo. Demos gracias a Dios por los pasos que se están dando hacia la unidad querida por el Señor para su Iglesia: "No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tu, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21). Cristo Jesús nos ha reconciliado con Dios por medio de la cruz. Todos los cristianos, unidos en un solo Espíritu, hemos de sentirnos familia de Dios, que peregrina hacia la ciudadanía de los santos. Esta fraternidad vivida en la Iglesia se convierte en signo para toda la humanidad, en la que ya nadie es extranjero ni forastero sino conciudadano del nuevo pueblo de Dios (cf. Ef 2,14-22).

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

Última modificación: viernes, 5 de febrero de 2016, 00:00