Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 8 de mayo de 2015




Cada mes de mayo experimentamos cómo en la primavera se renueva la naturaleza, manifestándose en flores y frutos. Es el pausado transcurrir del tiempo que Dios nos ofrece para que admiremos la creación y glorifiquemos la obra de sus manos. En el discurrir pastoral de nuestras parroquias numerosos niños se preparan para el acontecimiento espiritual de recibir la Primera Comunión y muchos jóvenes piden ser confirmados. Sentimos como si nos visitara el júbilo.

Y al lado de todo ello, se dan otros acontecimientos inesperados que provocan incertidumbre o angustia: noticias de dantescos terremotos, percances en ferrys, el drama incomprensible de quienes buscan salvación en las costas europeas y encuentran la muerte en aguas del Mediterráneo, sucesos desgraciados que nos hablan del sufrimiento que también afecta al hombre de nuestros días. Son realidades que se escenifican en el plató de nuestra sociedad. Percibimos como si nos visitara el llanto.

Y en estas ocasiones, la sorpresa o el estupor nos pueden llevar a la tentación del quietismo o la inacción. Pero los cristianos estamos llamados a acompañar al que sufre, al que llora o ha perdido la esperanza, iluminando todas las situaciones humanas con la luz de la fe. Ninguna de ellas es ajena a Cristo resucitado que se hace presente en cada mujer y hombre que notan la debilidad y la condición vulnerable de la naturaleza humana.

Cada mes de mayo, los niños y los jóvenes, como atletas del estudio, se concentran para superar las pruebas del final de curso: valoran lo que han hecho y tensan sus capacidades para la evaluación final. ¿No será buen momento para que todos y cada uno de nosotros examinemos con serenidad el estado de nuestro compromiso bautismal en el día a día de nuestro peregrinar cristiano? Este mes, dedicado especialmente a la Virgen María, es una ocasión propicia para que mirándonos en ella, descubramos la necesidad de ser creativos y audaces para realizar una nueva evangelización teniendo en cuenta esas realidades, tan densas y tan humanas, de las periferias existenciales que todos conocemos.

A pocas semanas de la asamblea pastoral diocesana es oportuno plantarnos, como los saltadores olímpicos, ante el trampolín y lanzarnos, sin miedos, al horizonte de la nueva evangelización. Hay tantos hermanos nuestros que necesitan nuestro acompañamiento que es otra forma muy válida de presentar el Evangelio. No debemos tener miedo a caer en el vacío. Como dice el Papa: "Nosotros, los cristianos, estamos llamados a salir de nuestros muros para llevar a todos la misericordia y la ternura de Dios”.

Cada mes de mayo, con la mirada de la Virgen María, es como un comienzo de todo. Los cristianos no debemos ser hombres de finales, sino de comienzos renovados para estar siempre, como nos recuerda el papa Francisco, "en salida” hacia los otros. Con la ayuda de Dios, nuestro Padre, y de María, Madre de Jesús y madre nuestra.

Última modificación: lunes, 1 de junio de 2015, 21:46