Intervención de Mons. Barrio en la Cope: 15 de mayo de 2015

Inmersos como estamos en este largo fin de semana en que la ciudad del Apóstol festeja la Ascensión del Señor, quiero aprovechar este espacio semanal para desear a todos los compostelanos unos felices días festivos. La alegría es algo consustancial a nuestra fe. Santa Teresa de Jesús decía a sus monjas: "Pena y melancolía nos las quiero en casa mía”. Una idea que se repite mucho en las predicaciones del papa Francisco y que está en el fondo de la Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium”. La alegría cristiana es interior; no viene desde fuera, sino desde dentro. Nace del actuar misterioso y presente de Dios en el corazón humano en gracia y se expresa en la paz del corazón, en la capacidad de amar y de ser amado, y por encima de todo, en la esperanza, sin la cual no puede haber alegría.

Y es cierto que en múltiples ocasiones los cristianos pasamos por la vida con el gesto serio, adusto, sin reparar en que una sonrisa puede ser también un eficaz instrumento de evangelización. Nuestra fe es una fiesta. Y la Ascensión del Señor es como la culminación de esa realidad inefable de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. El Resucitado, al ascender a los cielos nos abre la puerta al espléndido don del Espíritu Santo, fuente de esperanza, de alegría, de plenitud de felicidades. Y los festejos cotidianos, como el tan tradicional de estas jornadas en nuestra ciudad, están muy asociados al itinerario litúrgico, a ese tiempo en que nos dejamos hacer por Dios y nos dejamos seducir por el rostro feliz de Cristo.

Es cierto que el sentido de la fiesta cristiana se ha desvirtuado y que en ocasiones es difícil vislumbrar su raíz evangélica. Pero los cristianos estamos llamados a iluminar también estas realidades, porque sigue siendo necesaria una nueva imaginación evangelizadora. El origen y el sentido de Compostela no tendrían cabal comprensión sin la huella que la presencia apostólica de Santiago ha dejado en esta ciudad. Nuestra singularidad jacobea es un tesoro que se ha de preservar y enriquecer, sin desvirtuarlo ni despojarlo de su entraña religiosa.

Las fiestas de la Ascensión son un hito más en ese calendario ciudadano que corre parejo al año litúrgico: es un tiempo para gozar de un merecido descanso en familia, es un tiempo para disfrutar de una diversión sana y honesta, es un tiempo para proclamar que "los justos se alegran, se gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría” (Salmo 68), porque todas las realidades ofrecidas por el creador son "mi alegría, y mi júbilo, las obras de tus manos” (Salmo 92).

Última modificación: lunes, 1 de junio de 2015, 21:31